Altruismo

El altruismo (del francés antiguo "altrui" = de los otros) se puede entender como:
Comportamiento que aumenta las probabilidades de supervivencia de otros a costa de una reducción de las propias.
Sacrificio personal por el beneficio de otros.[1]
De acuerdo a la Real Academia Española, el altruismo proviene del francés "altruisme" y designa la [1. m.] Diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio.
El término altruismo se refiere a la conducta humana y es definido como la preocupación o atención desinteresada por el otro o los otros, al contrario del egoísmo. Suelen existir diferentes puntos de vista sobre el significado y alcance del altruismo.

Altruismo en etología y biología evolucionista

El altruismo en etología y por consiguiente en la biología evolucionista es el patrón de comportamiento animal, en el cual un individuo pone en riesgo su vida para proteger y beneficiar a otros miembros del grupo. Casi todas estas teorías nos explican cómo un individuo puede sacrificar incluso su propia supervivencia por proteger la de los demás, aunque siempre añaden el hecho de que entre los miembros de ese grupo ha de hallarse algún miembro que comparta parte de sus mismos genes. Esta sería una manera de asegurar la continuidad de su código genético. Pese a ello, esta teoría resulta insuficiente para explicar las conductas altruistas que se desarrollan hacia individuos no emparentados, es decir, con los que no se comparte código genético.
Para explicar el altruismo no emparentado, se ha postulado que en estos casos la conducta altruista se lleva a cabo cuando el individuo espera de alguna forma ser recompensado por el otro o por algún otro miembro del grupo; o que por último algunas de las conductas altruistas pueden ser el resultado de la necesidad del individuo de sentirse aceptado por el grupo, por sentirse partícipe dentro de él, con lo cual indirectamente también obtiene un beneficio. Esta acepción fue propuesta por científicos que exploraban las razones por las que podría haber evolucionado el comportamiento no egoísta. Se aplica no sólo a las personas (altruismo psicológico), sino también a animales y hasta a plantas.
Existe, sin embargo, una interpretación de la noción de altruismo contraria a la anteriormente expuesta. En su obra El gen egoísta (1976), Richard Dawkins acusa a estas tesis de desviarse del darwinismo ortodoxo y propone, a cambio, una concepción que entiende la evolución considerando el bien del individuo (gen), y no el de la especie, como factor capital. Dawkins sostiene que lo que habitualmente se entiende por altruismo, esto es: la conducta de un organismo cuando se comporta de tal manera que contribuya a aumentar el bienestar de otro ser semejante a expensas de su propio bienestar[2] se trataría de un altruismo individual aparente y, por lo mismo, la conducta contraria sería un egoísmo individual aparente. Así, su tesis fuerte consiste en que existe una ley fundamental denominada egoísmo de los genes que explica tanto el altruismo como el egoísmo individual desde el punto de vista genético. En definitiva, Dawkins sostiene que la interpretación ortodoxa de la selección natural darwiniana es aquella que la concibe como selección de genes (egoísmo del gen), y no como selección de grupos (altruismo entre individuos).

Aparición del altruismo en humanos

Investigaciones muestran que el altruismo aparece en el ser humano al cumplir los 18 meses, al igual que en el chimpancé; lo que sugiere que los seres humanos tienen una tendencia natural a ayudar a los demás. La investigación apuntaba hacia que el altruismo pudo haber evolucionado desde hace seis millones de años en un ancestro común de los chimpancés y los seres humanos.
Pese a esto, cabe destacar que algunos filósofos como J.S.Mill defendían que el ser humano no es naturalmente altruista, sino que necesita ser educado para llegar a serlo.

Filosofía del altruismo

El análisis de un caso particular es pretexto excelente para elevar la idea a una región superior en donde encontremos la clave de todos los problemas análogos. En la polémica sobre Napoleón he cedido gustoso a Casabianca la ventaja de los últimos cañonazos, y, habiendo sobrevivido a ellos, aprovechare la oportunidad de explicar cómo se arraigan mis juicios en un substratum filosófico.
No se asuste el que lea: no seré necesariamente árido y pedante. No entiendo la filosofía al estilo profesoral. Creo que todo ser vivo tiene la suya, y tal vez todo cristal y todo átomo. Para mí no se trata de una ciencia, sino de la trayectoria que sigue el centro de gravedad de nuestro espíritu. Claro, cuanto más nos instruyamos, menos inhábiles seremos para retratar la marcha de nuestro firmamento interior. Cuanto más rico sea nuestro arsenal de expresión, nuestro catálogo de conceptos, imágenes y voces, menos opacos seremos a la mirada ajena. Estudiemos pues y experimentemos, pero no atribuyamos demasiado alcance a lo que traigamos de fuera. Lo de adentro es lo que importa, y eso no se aprende. Que lo haya y que lo descubramos, he aquí lo esencial; lo demás es accesorio. Los gritos más profundos de la vida han salido de hombres ignorantes. ¡Cuántos de esos gritos sublimes resuenan en nosotros aún, sin que podamos saber quién los lanzó! Vivimos de los genios anónimos mucho más que de los oficiales. Así nuestra industria y nuestra civilización toda vienen del fuego, arrebatado a la naturaleza por un desconocido titán prehistórico, mientras que la inmortalidad de ciertos clásicos no es sino la inmortalidad del pergamino. ¡Oh estupideces que el mármol hizo eternas! El aspecto físico de las cosas es el final de una serie, el término de una degradación. Lo real es invisible, y en cada uno de nosotros hay un mundo secreto.
Los místicos han sido los exploradores de ese mundo. Algunos se perdieron en él, otros lograron regresar y compusieron informes y oscuras descripciones de las playas que habían visto. Nuestro lenguaje, fabricado para la acción bajamente utilitaria, empapado de egoísmo y de lógica, es poco apropiado para traducir lo real. Por eso el misticismo se reduce a una experimentación interna, de seguro la única positiva, pero casi siempre inefable. Además, si bien la totalidad de los hombres están en contacto material con lo que les rodea, son muy raros los que estuvieron, siquiera un instante, consigo mismos. Nos ignoramos; el universo nos ha sido inútil. Llenos de tristeza, entregamos a la muerte nuestras almas intactas.
Para el que se asomó a los abismos de su propio ser, y sospechó las mejores posibilidades del destino, nada hay tan absurdo y repugnante como el afán común de acumular en exceso las energías exteriores. Aparece aquí la ruin noción de la propiedad. El avaro se figura que posee su oro; el guerrero, que posee sus soldados; el patrono que posee a sus siervos; el ambicioso, que posee el honor ¿Cómo es factible poseer lo que está a merced del azar? El oro es barro; los soldados y los siervos, fantasmas, y el honor, mentira. Si no nos poseemos, no poseernos nada, y los que no se poseen se mueren por palpar lo que es imposible poseer. Se posee lo que se es, y en cuanto se da. Para absorber lo externo es forzoso, como en una bomba aspirante, hacer el vacío; la sed de riqueza de esclavos y de gloria no es más que el signo del vacío espiritual. ¿Qué contraste con la plenitud interna del justo "Las delicias, la magnificencia, decía Sócrates a Antífón, he ahí lo que se llama felicidad: en cuanto a mí, estimo que si sólo a la Divinidad pertenece el no tener necesidad de nada, el tener necesidad de poco nos acerca a la Divinidad".
La Divinidad necesita, sin embargo, entregarse, trabajar. Un Dios separado de su creación, ocioso y satisfecho, como el Vaticano lo exige, es algo repulsivo. Un Dios obrero, no. "Dios, dice W. James, completando a Sócrates, es lo que hay de más humilde, de más despojado de vida consciente o personal; es el servidor de la humanidad... Confieso libremente que no tengo el menor respeto hacia un Dios que se bastara a sí mismo: cualquier madre que da el pecho a su niño, cualquier perra que da de mamar a la cría, presenta a mi imaginación un encanto más próximo a mí y más dulce". Desde nuestro punto de vista, Dios y genio son sinónimos. Todos somos Dioses. Si no lo fuéramos, si no encerráramos, más o menos escondida, una chispa de potencia creadora, no hubiéramos nacido. Todos somos genios; sólo el genio es. En unos duerme; en otros sueña. Nuestro deber consiste en cavar nuestra sustancia basta hallarlo, para devolverlo después en la obra universal.
"El mundo invisible, el mundo secreto que llevamos dentro...". Estas expresiones parecerán poco propias de un estudio filosófico. ¿Se puede hacer una filosofía de metáforas? Si el lector tiene paciencia, verá en otro artículo los motivos que nos inclinan a desconfiar de la lógica en uso, cuando se trata de tocar lo real. La lógica conduce a lo verdadero, mas para llegar a lo real es impotente. Lo verdadero es objeto de la ciencia; empleado en la utilidad común cambia de siglo en siglo. Lo real, objeto de la sabiduría es asunto que atañe directamente a cada uno de nosotros, Lo verdadero es exterior, lo real, interior. De lo verdadero nos servimos; de lo real vivimos, o por mejor decir, lo real es lo que vive. Lo verdadero exige los esfuerzos de nuestra razón, y la razón no es sino una parte de nuestro ser, lo real nos exige por entero. Un dialéctico puro es un mutilado. La humanidad no ha hecho caso a los metafísicos de gabinete, sino a los profetas, metáforas en acción. Hay en una metáfora más alma que en cien teoremas. Lo real no se explica: se siente y se ejecuta.
Pero bajemos a la región de las sensaciones ordenadas por la ciencia, esa ciencia helada y triste cuyo ideal — física matemática —es aplicar un sistema lógico a un conjunto de medidas. Encontraremos en la ciencia actual el rastro del mundo interno invisible, de tal modo es cierto que una porción cualquiera del universo constituye un símbolo de todo lo demás. Los griegos no tenían noticia de América, según he oído; tampoco la tenían de los enormes continentes de nuestro espíritu. Ignoraban las dimensiones del planeta y nuestras propias dimensiones. Para ellos, fuera de la conciencia no había nada. No se alejaron del luminoso círculo, centro de la inteligencia, y por eso lo que construyeron es tan claro, tan elegante, tan evidente y tan falso. Demostraron rigurosamente muchas mentiras, y Aristóteles, a través de la escolástica, nos emponzoña aún.
Somos ahora más humildes. Hemos comprendido que no es posible adivinar, que es preciso callarse y ensayar. Memos hecho la geografía caminando, y la química ha salido de nuestras manos obreras. La naturaleza contesta siempre cuando se la interroga con angustia, y el objeto físico, es decir, el cadáver de la realidad, se ha estremecido baje nuestra mirada. En nuestros laboratorios hemos descubierto lo inconsciente; hemos verificado que el lugar donde se fabrican nuestros conceptos, donde nuestros sentimientos se enriquecen y se afinan, donde el carácter se arma y teje la memoria su fantástica tela, es un taller inmenso que mueve sus engranajes en la sombra Somos secretos para nosotros mismos. Nuestra raza y nuestra descendencia nos habitan sin que las veamos. En las tinieblas de nuestro cerebro se levantan los muertos para apoderarse de los vivos, y los vivos para apoderarse del futuro. La génesis del crimen es inconsciente, y la del genio también. Nuestras ideas, nuestras emociones, nuestros impulsos son una continua sorpresa. Asistimos a su desfile prodigioso sin saber de dónde surgen, cabellera de chispas desprendidas de la fragua oculta, y agitadas por el salvaje viento de la noche
En el paisaje infinito del espíritu, ¿qué es la conciencia? Un punto perdido: la linterna del vagabundo. Débil linterna que paseamos por las encrucijadas del pensamiento y de la voluntad, débil lógica humana, gesto de duda en un instante de pereza, ¡ilumínanos la profundidad de los bosques y de los mares ¿Dónde está el yo, dónde empieza y dónde acaba? Y los otros yoes que aguardan detrás de la puerta, en la penumbra subconsciente o subliminal. ¿cuándo nos invadirán y nos devorarán? ¿Despertaré mañana asesino o santo?
Quizá nuestro yo se extiende hasta las estrellas más lejanas. Si mi brazo es mío, no es porque lo distingo y lo palpo, sino porque me duele, porque lo experimento de una manera real. Donde concluye el cuerpo, ¿concluye el conocimiento real del espacio? Si mi piel fuera transparente, ¿no creería, ante el espectáculo de mis intestinos laboriosos y palpitantes, pero insensibles, que aquel movimiento me es extraño por completo? Un cirujano me anestesia el brazo. ¿Deja de ser mío? La mujer estudiada por Charcot siente el pinchazo de un alfiler a un centímetro de la piel, en la atmósfera ¿Le pertenece ese centímetro de atmósfera? Y el conocimiento por los sentidos, el conocimiento aparencial, ¿no establece un lazo? Yo veo la estrella inaccesible, y la estrella ¿me ve?
¡Explicar lo real! Lo real se siente y se ejecuta, no se explica. Yo siento en mí el temblor de los astros; siento en mí abismos capaces de contener los que espantaban a Pascal: siento en mí el mundo invisible y secreto que trabaja; la energía específica y nueva en torno de la cual. por unos momentos, giran las cosas como no habrían girado nunca; siento en mi un total incoherente que necesita mudar de actitud y esperar lo que no ha sucedido todavía; siento en mí algo irresistible que se opone a la estéril repetición del pasado. y que ansía romper las barreras del egoísmo para realizar su obra inconfundible. Siento que soy indispensable a un plan desconocido y que debo entregarme heroicamente. Estoy seguro de que todos los hombres sienten como yo cuando se hace el silencio en sus almas; estoy seguro de que todos, al Comenzar a cumplir su noble destino, se reconciliarían con la muerte.
Descubrir la energía interior y entregarla para renovar el mundo; he aquí el altruismo. Es la obra de las más profundas corrientes del alma. El que se ha bañado en ellas percibe la superficialidad de la inteligencia pura. Percibe que esa lógica de que tan orgullosos nos mostramos es una fría herramienta, un sentido abstracto, incapaz por sí de crear el espíritu, como los sentidos físicos son incapaces de crear la materia.
Cada vez que el hombre ha intentado elevarse por la razón a una síntesis del universo ha fracasado lamentablemente. Los sistemas metafísicos tienen todos algo de grotesco. Es el contraste entre los medios y el fin, entre la solemne vaciedad de un lenguaje postizo y la realidad intangible que pasa riendo a cien leguas del sabio miope. Los tipos más imponentes de la tontería se encuentran entre los sabios. Pretender explicar lo real es signo de atrofia en la intuición. ¡Triste espectáculo el de un maravilloso talento a oscuras, como Santo Tomas, un Hegel o un Comte! La vida no se resuelve con silogismos; no es un problema de ajedrez.
La impotencia de la razón ha sido reconocida siempre por los pensadores razonables. Pascal lo ha dicho mejor que ninguno: "Padecernos una impotencia de probar invencible a todo dogmatismo; tenemos una idea de la verdad invencible a todo pirronismo". De la verdad, es decir, de lo real, de lo real que obliga a la acción fecunda; de lo real que respira y se mueve. La razón será lo que se quiera, menos un motor. Pero no basta declararla imperfecta para lo práctico e inservible para lo trascendental. Es preciso darnos cuenta de su origen probable y de la región que habita.
En ciencia, la única verdad que se ha establecido es la verdad física. Tal verdad, que se llama hipótesis no posee virtud alguna de dominación sobre el tiempo; cambia de siglo en siglo y dentro del siglo. Está supeditada a la aparición del hecho bruto o sea de la sensación. Su papel es pasivo, su objeto, bajamente utilitario. Es un instrumento clasificador. Su insubstancialidad no ha dejado de ser notada por los profesionales. Para E. Mach, la hipótesis se reduce a una "economía intelectual". Para Poincaré la verdad es lo que resulta "más cómodo". El análisis moderno despoja cruelmente a la verdad científica de todo contenido real.
Observemos que la lógica —expresada por medio de las matemáticas— no se aplica sino a lo inorgánico, sin haber conseguido siquiera abrazarlo en su conjunto. La teoría más comprensiva y más reciente, que funda los fenómenos en las leyes electromagnéticas. suprimiendo el átomo material y afirmando el átomo eléctrico, renuncia a incluir en su programa la gravitación universal.. La sencilla y clásica ley del buen Newton, la base de la majestuosa astronomía, sigue impenetrable. En cuanto al éter, nos pone al borde mismo del principio de contradicción: es imposible representar el elemento capital de nuestra ciencia. Y si abandonamos lo inorgánico, la noche se hace de repente. La biología, la psicología son un vago empirismo surcado por débiles tendencias; la sociología se forma de conjeturas pueriles. "La inteligencia, dice Bergson, está caracterizada por una incomprensión natural de la vida. Nos veríamos muy apurados para citar un descubrimiento biológico debido al razonamiento sólo...".
¡Qué interesante es la coincidencia de Poincaré y de Bergson, los dos príncipes de la especulación contemporánea! Para ambos la inteligencia humana es geométrica. Poincaré, en su magnífico estudio sobre el espacio concluye: "Si no hubiera cuerpos sólidos en la naturaleza no habría geometría". O sea: "Si no hubiera cuerpos sólidos no seríamos inteligentes". Y Bergson: "Nuestros conceptos han sido formados a imagen de los sólidos... nuestra lógica es sobre todo la lógica de los sólidos... nuestra inteligencia triunfa en la geometría, donde se revela el parentesco del pensamiento lógico con la materia inerte...".
Eso es el hombre: un animal que maneja la materia inerte y construye máquinas protectoras. Su inteligencia es de baja extracción: pertenece a lo exterior, a lo que menos importa. Lo que importa no es impedir que lo exterior nos penetre, sino que lo interior desborde. Lo que importa no es aislarnos, sino comunicarnos: no es cerrarnos, sino abrirnos. Bergson habla de materia inerte. Mejor sería hablar de materia muerta. Bien lo sentimos en los momentos supremos de nuestra emoción y de nuestra voluntad, cuando la pulpa fluida de nuestro ser rompe la helada corteza razonadora y lanza afuera su mágico surtidor de sangre, de lágrimas o de fuego. La inteligencia es una cosa muerta; es un arma del egoísmo. Así las uñas y los dientes están hechos de células muertas. Lo duro, lo que tanto amó Nietzsche, es lo muerto. La vida es ternura. Por eso no la comprendemos ni la comprenderemos jamás. La piedra no comprende a la brisa Medimos las órbitas de los astros, y nos quedamos atónitos ante una flor. Nonos comprendernos, puesto que vivimos, pero es igual. Lo esencial no es comprenderse, sino entregarse.
La energía interior, esencialmente nueva, destinada a lanzarse contra lo exterior para renovarlo, es una energía directora. No se la puede comparar con las energías que se manifiestan por los instrumentos de laboratorio y que se anotan en las estadísticas de todo género. No hay aguja que la señale, balanza que la pese ni cifra que la mida. Magnetiza el cosmos sin que los sabios, inclinados sobre sus retortas, la perciban. Los matemáticos triunfan porque no se descabala el ejército de fórmulas con que se ha aprisionado el espacio: los médicos exultan al declarar que el bisturí no ha tropezado con el espíritu. ¿Qué somos? Ázoe, carbono, agua y algunas cosas más. El problema está resuelto. Así, verificando que no falta ninguna pieza en la caja, la ciencia se figura haber ganado la partida. No se explica la realidad sin asesinarla. Entre lo vivo y lo muerto no existe diferencia; ésta es la victoria de la filosofía positiva. Tomad el compás: el cadáver no ha cambiado de estatura. Es el mismo. Vivía y no vive. Eso no significa nada. Antes vivía con arreglo a la química, y ahora, con arreglo a la química idéntica, se descompone. La vida es la muerte. ¿Y la conciencia? En verdad que estorba. ¿Qué es la conciencia de una máquina? Pero se trata de un detalle.
¡Desvariados! De tanto mirar por el vidrio de vuestros microscopios y de vuestros telescopios tenéis la mirada de los difuntos. Analizáis maravillosamente lo automático. No veis más que lo verdadero, y se os escapa lo real. Creéis tocar la sangre del universo, y no palpáis más que su osamenta. Archiveros de leyes, pendolistas de la experimentación, ¡qué regocijo el vuestro cuando la materia comparece ante vosotros y obedece al código de vuestros cálculos! Descubrid leyes y que se cumplan. Que el eclipse, previsto de mil años atrás, no se equivoque en una décima de segundo. Oh luna, oh sol, oh melancólicos luceros ¡sed dóciles! Que no se diga que habéis sido caprichosos, o que se os ha olvidado la lección; que no se diga que de los caldeos acá habéis añadido algo nuevo a las cosas. Obedeced; entonces el astrónomo exclamará "comprendo" y yo gemiré "bien muertos estáis".
No quiero imitaros; no quiero obedecer; no quiero repetir. Estoy vivo: soy lo nuevo. ¿Qué tengo que ver con las leyes? Amontonadlas, juristas: no avanzaréis un paso hacia mí. Mi energía directora, hermana do la humilde energía celular que convierte los jugos oscuros de la tierra en pétalos perfumados, pasará a través de vuestras leyes como el viento cargado de gérmenes a través de una tela de araña. No romperé tal vez un hilo, no fallarán tal vez vuestras doctas previsiones; seguiré invisible para vosotros, pero habré pasado.
Hermanos:vivís; somos lo nuevo; estamos fuera de la ley. El manantial que brota de nuestras entrañas no ha sido probado por nadie. Fuera de la ley; fuera de las leyes científicas y sociales. Nos harán la autopsia mañana; hoy no. Demasiados obstáculos nos opone lo de fuera para que no evitemos los obstáculos de dentro. Arrojemos lejos de nuestro ser toda idea de orden establecido; todo respeto a la autoridad y al dogma; todo cariño a las tumbas. El amor a lo que fue es una voluptuosa cobardía. Convenzámonos de que el átomo de realidad que hay en nosotros no tiene historia.
El altruismo está fuera dé las leyes. La adaptación al medio es una de las grandes filfas que nos cacarearnos los unos a los otros. ¿Se adapta al medio el cangrejo que para viajar lleva en las branquias una provisión de agua como el beduino la suya a bordo del camello? ¿Se adapta al medio la innumerable multitud que habita el fondo tenebroso de los mares, y que enciende allí sus lámparas fosforescentes, corno nosotros las nuestras en la noche? ¿Se adaptan al medio los óvulos que rodeados de iguales condiciones producen organismos diferentes? Llevad vuestro cuerpo a los hielos del polo, o al infierno ecuatorial. Vuestra temperatura no se alterará: os impondréis al medio o sucumbiréis. La vida es la conquista del medio, la transformación de lo exterior por el genio interior. Y vuestra industria, ¿qué es sino la fabricación de un medio artificial donde logremos cumplir antes el genio de nuestra especie? ¿Qué hace la humanidad, sino humanizar el universo?
Adaptarse a las leyes físicas, ser un conjunto de leyes físicas equivale a desaparecer. Adaptarse a las leyes tácitas o escritas de la sociedad en que estamos es desaparecer también. Hemos venido a ella para entregar nuestro genio a la obra común, y el genio es rebeldía. Es la rebeldía la que funda el orden superior. Son las leyes las que perpetúan el desorden. No es el altruista el revolucionario, sino el egoísta, el que entorpece la marcha moral de las energías creadoras. Ese juez que consulta un libro viejo para hacer el bien y no consulta su alma, es el introductor de la muerte. Pero nosotros mataremos la ley y reanimaremos el mundo.

Publicado en "El Diario" (Asunción), 27, 28 y 30 de julio de 1908.
Rafael Barrett


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